dilluns, 3 de desembre de 2012

La "apacible" vida de los pilotos alemanes en la Sénia

 J. A. CASTELLÓ. Levante. Los Junker 87-Stuka fueron los aviones más temidos durante la Segunda Guerra Mundial. En 1938 llegó la primera escuadrilla a España, formada por tres aparatos especializados en bombardeos en picado.
El alto mando nazi eligió el Maestrat por varias razones. La distancia entre los pueblos y el aeródromo de la Sénia –construido por los republicanos en 1937 y ocupado por las tropas nacionales en abril del 38– era relativamente corta. Además, a finales del mes de abril, Ares, Albocàsser, Benassal y Vilar de Canes eran los primeros pueblos en territorio republicano en dirección sur y se encontraban a unos 30 kilómetros del frente. Sin duda, estos factores llevaron a los alemanes a escoger la zona como banco de pruebas pa­ra sus temibles Junkers.
Para los aviadores de la Luftwaffe, España era poco menos que un divertimento, un destino exótico donde ejercitarse. La población próxima al aeródromo de la Sénia congeniaba con ellos y les procuraba comida y bebida. A cam­bio, los pilotos les permitían retratarse junto a ellos con sus cámaras Leica. En una imagen, mujeres de la zona posan junto a un avión. En otra, un grupo de guardias civiles aparece junto a una de las bombas SC500.
A bordo de sus aviones casi ­inalcanzables para las baterías republicanas, los pilotos podían realizar las «acrobacias» experimen­tales. La mayor parte de las fo­tos están firmadas por el comandante Von Fugger, descendiente de una poderosa familia de banqueros. Una vez que las tropas franquistas tomaron las localidades bombardeadas, el propio Von Fugger se encargó de fotografiar los efectos de sus bombardeos sobre la población, esta vez ya a ras de tierra. El Junker causó una amplia devastación en Europa en los primeros años de la II Guerra Mundial, donde sólo encontraron un obstáculo serio: los aviones de la RAF durante la batalla de Inglaterra. Las fotografías de Fugger recogen el momento de los bombardeos en picado de los Stuka. Esta nueva técnica de guerra permitía colocar la bomba en un área determinada con un error de apenas cinco metros cuadrados. Las pruebas confirmaron la eficacia de los ingenieros nazis. En Benassal, la Legión Cóndor lanzó al menos 9 artefactos de 500 kilos, que redujeron la iglesia a escombros.

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